| LA HORA DE LAS CINCUENTAÑERAS | |
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viernes, 27 de noviembre de 2009
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De todos los sexos Que las cincuentañeras interesan, es evidente. En los últimos años han sido varios los libros que han enfocado el asunto, casi siempre desde una perspectiva positiva. Baste recordar Hay vida después de los 50, de Rosa Villacastín, o el celebrado Cambio dos de 25 por una de 50, de Fernando Schwartz. Más recientemente, la novela-ensayo Mírame, de la periodista Rosa María Artal, propone una mirada menos optimista, que refleja las diferentes tiranías estéticas y sociales a las que se ven sometidas las cincuentañeras. La autora toma como punto de partida a cuatro mujeres entre los cuarenta y varios y los cincuenta y pocos, y a otras que las rodean. Casi sin excepción, todas son envidiables desde fuera: independientes tanto en lo económico como en lo social, inteligentes y guapas. Pero comparten cierta inquietud por el paso del tiempo, cierto aire de batalla perdida de antemano, cierta sevidumbre con modelos estéticos que las dejan fuera o las admiten a regañadientes. Tienen también en común la necesidad de un hombre como símbolo y no como compañero, y para satisfacerla deben rendirse a rituales de seducción que las dejan en desventaja frente a rivales más jóvenes. Representa, tal vez, la otra cara de las cincuentañeras, la que se somete a unas exigencias que no valoran tanto lo que saben como lo que pueden mostrar. Y no sólo piensan así los personajes de Artal: muchas mujeres reales y activas confiesan padecer lo mismo. Es decir que, hagas lo que hagas, te cuides lo que te cuides, y por más vital que seas socialmente, la frontera de los 50 sigue pesando sobre las mujeres más que su capacidad para hacer, vivir y disfrutar. ¿A qué se debe este prejucio? Compra, compra Eres lo que consumes. Y con las cincuentañeras ocurre lo mismo: un segmento de la población que hasta hace poco más de diez años era dejado al margen de la moda y la cosmética, ha salido al mundo a trabajar y mostrar que puede competir sin complejos. Toca, entonces, acomplejarlas o al menos imponerles ciertos temores que se calman con lo productos adecuados. De ahí que las cremas anti-edad sumen más anuncios en televisión que cualquier otra variedad, o que cada vez que aparecen señoras estupendas y disfrutando de la vida, alguien les toque el claxon para aterrorizarlas y recordarles que, a toda costa, debe parecer que no han vivido. La mujer de más de 45 años se ve sometida a un bombardeo constante que además de inquietarla, puede impedirle aprovechar con plenitud la que podría ser la mejor etapa de su vida. En un marco social en el que deploramos que impongan a las adolescentes la delgadez como norma, al precio que sea, nos parece normal que se ‘machaque’ a las mujeres maduras, orientándolas a parecer menores como requisito para sentirse deseables y competitivas. Así, los gimnasios se pueblan de cincuentañeras que, en lugar de ir a mantenerse en forma y saludables, quieren a toda costa volver a usar la talla de vaqueros que tenían a los 25 años. Pero el mercado, como todo instrumento, no es malvado o benigno por naturaleza, sino por uso. ¿Quién tiene entonces la culpa de esa discriminación benevolente? La culpa El tópico de que los hombres envejecen mejor que las mujeres sigue siéndo un tópico, pero por aceptado, manda. Cierto es que ver un hombre maduro con una jovencita del brazo es símbolo de triunfo o virilidad -táchese lo que no corresponda-, y que la misma escena cambiando el orden de los géneros suele promover curiosidad, cuando no comentarios maliciosos. Pero eso también está cambiando. Lentamente, pero cambia. Hablamos de prejuicios sociales muy arraigados, que sólo se modificarán a partir de la suma de conductas individuales. Pero son las propias mujeres las que deben plantar cara a esa situación. Lo lógico es pensar que cuando las cincuentañeras con novio -o amante, amigo o lo que sea-, más joven, salgan a la calle con naturalidad, terminarán por ser tomadas naturalmente. Los ritos Una pesimista objeta que ‘eso de que las mujeres maduras somos mejores compañeras de juego y amantes más sabías, es como lo que se dice de la virilidad de los calvos: puede que sea cierto, pero tienes menos ocasiones de demostrarlo’. Tal vez porque en los lugares habituales de ligue -discotecas y similares- es dónde más rige el código estético artificial de los cuerpos perfectos, la tiranía a la que no escapa ninguna edad. Pero tampoco parece que limitarse a sitios específicos para el contacto entre solteros y solteras sea la panacea, a juzgar por lo que se oye y por lo que la propia María Rosa Artal narra en su novela: hombres a la caza de la más vistosa, y con una exigencias físicas que ellos están lejos de satisacer. Acaso el error está en tratar de conocer, coquetear y seducir como cuando éramos casi adolescentes. ¿O es que no hemos aprendido nada en estos años? Por lo menos, deberíamos haber aprendido a no confundir calor con fiebre y viceversa. Porque si de lo que se trata es de conocer a alguien interesante -del otro sexo- se supone que deberíamos poder hacerlo en cualquier parte, y con la luz que sea, porque depende de ambas partes y de la mutua capacidad de comunicarse. En cambio, si lo único que pretendemos es un compañero de cama, el proceso se simplifica… salvo que confesemos un fin y tengamos otro. Un grado Aparece entonces un factor de importancia, y a menudo poco reconocido: la experiencia. Eso que en un hombre se consigna como un capital, pero que en muchas mujeres se carga como un pasivo. ¿Por qué? De las propias cincuentañeras dependerá admitir los moldes que se imponen, o inventarse unos nuevos, que no las opriman tanto. La experiencia, tanto en la vida privada como en la profesional, es un grado. Y como tal, hay que hacerlo respetar para que sea tenido en cuenta. De lo contrario, especialmente en el terreno personal, la vida útil se ve reducida y mucho. En resumen: que lo que las cincuentañeras consigan como grupo de la población, dependerá de muchos factores, pero lo que logren como mujeres con tanto que aportar y que seguir aprendiendo, está más relacionado con la capacidad para evitar clichés -por nuevos que sean- que les impidan hacer uso del don más preciado que poseen y que nadie les regaló: la libertad. Y el sexo ¿qué? El sexo siempre ha sido algo que se depositaba, en la báscula de los géneros, en el platillo de los hombres. Y las mujeres, que sabían, asentían con una sonrisa irónica. El deseo de la mujer y más el de la mujer con experiencia, es tanto o más poderoso que el de una jovenzuela. Diría que más. Como apunta Pere Font Cabré, director del Instituto de Estudios sobre la Sexualidad y la Pareja, ‘el deseo de la mujer adulta sana del siglo xxi es un deseo más potente que el de los hombres, y a medida que la mujer se hace mayor, crece en cantidad y calidad’. Lo bueno no acaba con los 30. Para muchos, comienza cuando antes ‘todo terminaba’, es decir, con la inminencia de la menopausia. Según Font Cabré, ‘todavía son muchas las mujeres que al llegar a la menopausia o percibir sus primeros síntomas, asumen que a partir de ahora el sexo pasará a ser secundario. Pero por fortuna, comienza a destacar un grupo, cada vez más numeroso, de mujeres que tienen una actitud opuesta, y que proclaman que ahora, liberadas de la ‘esclavitud’ de un posible embarazo, pueden disfrutar del sexo sin tabúes’ . Es decir que cuánto más sabemos, más queremos saber, si el aprendizaje es gozoso. Pero el experto dice todavía más sobre los cambios sociales y su repercusión entre las sábanas: ‘Ahora, ya sea por motivos comerciales, pero también porque la sociedad está cambiando, el sexo no tiene otra edad de caducidad que la que cada individuo se marque, y muchas mujeres de 50 años y más, viven una sexualidad plena y feliz, porque de alguna manera se han reconciliado con su deseo’ , asegura. |
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